¿Qué hacer con la informalidad?

Por: José Luis Patiño. Periodista y analista económico y financiero, con más de 25 años de ejercicio profesional en diversos medios periodísticos (prensa, radio y TV), como Diario EXPRESO, RPP Noticias, Canal 7. Ganador de 4 premios nacionales de periodismo por sus investigaciones especializadas.

 

Una de las grandes interrogantes del presente siglo es cómo lograr que el Perú se convierta en un país formal, con derechos y deberes universales. Obviamente, para buscar la fórmula que resuelva este tremendo problema que nos acogota como país, es necesario identificar las causas del porqué un tercio de peruanos prefiere vivir al margen de la “normalidad oficial”.
El principal gran obstáculo que obliga a la mayoría de peruanos a vivir en la gran pampa informal, son los altos costos de ingreso al reino oficial. Esto se traduce no solo por las elevadas tasas e impuestos sino por la irracional lista de requisitos y licencias burocráticas exigidas por el Estado en sus múltiples niveles. Quienes hayan intentado abrir un pequeño negocio, aprovechando el garaje de la casa o la sala de la misma, comprenderán de qué hablo. El Perú sigue con el ADN del papel “sello sexto”, transformado hoy en normas, reglamentos y permisos kafkianos.

 


 

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Esta asfixiante enredadera se extiende cuando uno quiere pasar del casero negocio familiar (bodeguita, librería, bazar) a la formación de una micro o pequeña empresa. Quienes alguna vez invirtieron en un taller de carpintería o de mecánica automotriz y quisieron contratar “a la legal” a sus diestros operarios, se dieron con la sorpresa que el costo impositivo de una planilla formal era inviable y se tragaba de un solo bocado hasta la más mínima rentabilidad soñada.
Cada año, el Estado produce miles de normas pensadas, dizque, para “regular” a los agentes económicos y para que cumplan supuestamente sus obligaciones. Así, son los propios administradores de este arcaico Estado los que hacen crecer aún más las murallas que encierran a unos pocos habitantes del reino formal e impiden que la mayoría acceda a sus supuestos “beneficios”.
Un ejemplo, lo vemos con esta pandemia. Un Estado que ordena la inmovilización de sus ciudadanos para contener el maldito virus ofreciéndoles a cambio un bono de subsistencia, que nunca llega a las afueras del reino formal, fracasa rotundamente y provoca el efecto contrario: ola de contagios convertida en tsunami, descontrol social y quiebra económica tanto dentro como fuera del reino.
Sin embargo, si solo identificamos como principal obstáculo los altos costos de la formalidad y la maraña regulatoria, caeríamos en el simplismo. El otro componente vital para una fórmula para empezar a formalizar el país, es la reforma profunda del Estado. Urge redimensionarlo para que se concentre en lo realmente prioritario: salud, educación y justicia, así como en la promoción de inversiones para el cierre de brechas como agua potable, carreteras que integren mercados y población (físicas y virtuales). El reto es un Estado funcional, proveedor de servicios elementales y promotor de inversiones privadas que generen riqueza, cuyos frutos bien gestionados le darán sostenibilidad al bienestar social de todos los peruanos.


*Columna publicada originalmente en el diario Expreso. Ha sido reproducida con autorización de su autor.

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