La familia en la nueva normalidad

Por: Julio C. Navarro Falconí (1)

Llegó la noche y Sofía nuevamente fue a acostar a su hermanito, le dió un beso en la frente y le pidió que se duerma.

¿Mañana vendrá mi papá?, le pregunta Martín.

Creo que todavía no vendrá, le responde y trata de salir de la habitación.

Pero ¿cuando vendrá?, le dice Martín con los ojos bien abiertos.

No le responde y sale conteniéndose para no llorar delante de él, mientras que su madre también sufre en silencio, en su cama, con sus recuerdos, con su tos, con el virus que su esposo le dejó antes de morir.

Javier era taxista, con mucho esfuerzo logró  comprar su auto para no pagar una cuota diaria como lo hizo por muchos años, desde entonces les fue mejor, siempre salía a trabajar muy temprano, volvía a almorzar todos los días, ya tenía sus clientes que lo llamaban y confiaban en él, hasta que esta pandemia le obligó a cumplir la cuarentena, los pocos ahorros se acabaron pronto y nuevamente tuvo que salir a las calles de Lima.

Hasta que de pronto se sintió mal y una de sus clientes que llevaba siempre a su trabajo en un hospital logró conseguirle una cama, sin embargo, a los pocos días, ella fue la que llamó al mismo teléfono de Javier para darle la noticia a su familia: Javier no resistió más.

Esta es una de tantas historias de dolor que no solo afecta a aquella persona que enferma gravemente de la covid-19, este virus también afecta a las familias de sus víctimas.

Según cifras oficiales más de 29 mil personas han muerto por este virus, y según el Sistema Informático Nacional de Defunciones la cifra supera los 68,500 muertes por la misma causa.

Cifra que se acerca al número de víctimas que dejó la insania terrorista en nuestro país, y cuyas consecuencias hasta hoy están latentes, niños de aquella época que fueron víctimas del terror y perdieron a sus seres queridos, niños y niñas que de la noche a la mañana se quedaron sin padres, sin hermanos, sin abuelos, tuvieron que aprender a convivir con el miedo y la desprotección para salir adelante, en un país donde la desigualdad, la discriminación y la indiferencia se ensaña con los más vulnerables.

Hoy nuevamente son los niños y niñas, nuestros hijos pequeños y adolescentes, los que sufren las consecuencias de esta pandemia, ellos están perdiendo a sus seres queridos repentinamente, sin tener oportunidad de despedirse, la muerte otra vez está irrumpiendo de golpe en el seno familiar.

Nuestros hijos también están padeciendo de angustia, de miedo, de incertidumbre, aquel espacio feliz donde tenían sus amigos con lugares para jugar, para correr, para enamorarse, hoy de pronto, se cerraron, no hay escuelas, no hay universidades, no hay reuniones, no hay cines, no hay teatros.

Esta nueva realidad y lo que viene en adelante debe tomar en cuenta a nuestros hijos y a las familias, sobre todo  aquellas duramente afectadas.

La recuperación económica no es suficiente para lograr una verdadera recuperación del país, igual importancia se debe dar al valor de la familia y la educación, un binomio inseparable y necesario para construir una verdadera sociedad.

Hace algunos años le pregunté a monseñor Bambarén qué podemos hacer para superar la crisis de valores que padece el Perú, y recuerdo claramente su respuesta: lo primero que debemos hacer es cultivar el valor de la familia.

Hoy las familias están siendo afectadas directamente por la pandemia, como la familia de Javier, eso significa que el Estado, la sociedad civil y cada uno de nosotros debemos trabajar juntos por recuperarla, por ponerla en valor y fortalecerla, porque si la familia es el núcleo de la sociedad, una buena familia constituirá una verdadera sociedad, más justa, altruista, libre, culta y solidaria.

Esto es tiempos de cambio, compártelo.


Julio C. Navarro Falconí . Periodista y Docente universitario

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