Por: José Luis Patiño Vera

Ad portas del bicentenario republicano, la escena contemporánea continúa mostrando a una clase política inyectada de odio, enceguecida por la ambición, manipulada por intereses subalternos, atragantada de mediocridad, desnuda de valores, anémica de principios y anquilosada de corrupción. En suma, en 200 años el Perú sigue siendo un jugoso botín disputado por quienes, tomando el nombre de las mayorías, saquean las arcas de nuestro precario Estado, impidiéndonos ser Nación.


Hoy, dos siglos después, el fondo y la forma de nuestro Perú no ha sufrido grandes cambios. El drama y los personajes que le dan vida son los mismos. Los actores de medio pelo son los que cambian. Y lo que más duele, siempre, es la lacerante indiferencia e hiriente indolencia de una clase política en medio del dolor, la angustia y el hambre de millones de peruanos azotados por la pandemia, la muerte, la enfermedad, el desempleo y la hambruna.


Así vemos a un jefe de Estado desnudado por su entorno, tratando de maquillar sus estropicios y los de sus bufones. Ello constituye una prueba más que la opacidad de los actos de gobierno sigue siendo la protección perfecta que impide instaurar la decencia y desterrar la corrupción en la gestión pública. Una lección que debe ser aprendida por quienes ejercen la función pública y que exige la intervención de fiscales y jueces probos, quienes deberán abocarse a las investigaciones para hacer lo que falta también en el Perú: justicia.


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Sin embargo, lo más indignante es ver, como ya es habitual, a los enemigos del jefe de Estado, hurgando, como siempre en la basura del oficialismo, insumos para construir en el imaginario colectivo un personaje más ruin que ellos, con el afán de intentar siempre dar el zarpazo final para zafarlo del camino y cumplir lo que las urnas les ha negado: la captura del botín llamado Perú.


Esta dinámica del sabotaje permanente al jefe de Estado y a su gobierno es la que impide que el sistema y los valores democráticos se afiancen y fortalezcan. Al tener una clase política ruin lo único que sembraremos siempre en los sedientos campos democráticos es la mala hierba de la inestabilidad y desgobierno para la felicidad de las bandas organizadas que financian a los partidos o movimientos políticos, cuyos líderes arman sus propios espantapájaros que ahuyentan la gobernabilidad.


Tal como hice hincapié la semana anterior en esta humilde columna, es hora que entre la clase política surjan actores que, amparados en los principios democráticos que redundan en asegurar gobernabilidad enfocada en el desarrollo y bienestar social, hagan un llamado a la sensatez para evitar que el desmadre nos siga acompañando en medio de una brutal crisis económica, producto de una pandemia que sigue enrostrándonos las miserias de nuestra humanidad.


 José Luis Patiño. Periodista y analista económico y financiero, con más de 25 años de ejercicio profesional en diversos medios periodísticos (prensa, radio y TV), como Diario EXPRESO, RPP Noticias, Canal 7. Ganador de 4 premios nacionales de periodismo por sus investigaciones especializadas.

La presente es una columna de opinión publicada originalmente en el diario Expreso, reproducida en Cuaderno Borrador, con autorización de su autor.

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Por Redacción CB

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