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Por: Julio C. Navarro Falconí (1)

Hace un tiempo leí en un libro que: al filósofo le basta demostrar la verdad; al historiador, narrar con sencillez, exactitud y amenidad; al literato, razonar con método y solidez, y entonces me pregunté ¿y al periodista qué?

Será que al periodista le basta con encontrar la verdad, luego narrarla con sencillez, exactitud y amenidad, además de razonar con método y solidez; y entonces veo que Manuel Antonio De La Lama no se equivoca cuando tácitamente refiere al verdadero periodista en su libro Retórica Forense; un libro para abogados quienes a mi juicio son la antítesis del periodista, porque el abogado construye su verdad, la documenta, la argumenta con elocuencia, la defiende apasionadamente ante el juez o el fiscal, hasta lograr que le den la razón, y entonces, se determina que su verdad y su causa es válida; aunque a veces no sea así.

En cambio, el verdadero periodista no construye su verdad, sino, la descubre, la verifica y la contrasta con los hechos, la analiza, y luego, la da a conocer con un lenguaje adecuado para que su público y la sociedad la conozca y la comprenda.

El juicio de valor le corresponde a la sociedad, son los ciudadanos quienes deben juzgar con libertad los hechos que cada día la radio, la televisión, la prensa escrita y ahora los medios virtuales nos cuentan, a cada segundo, en vivo y en directo, a tal velocidad que a veces no le damos tiempo a nuestra conciencia –esa exigencia de bien que todos tenemos- para que nos ayude a valorar el alimento informativo que a diario consume nuestra mente.

Entonces, el verdadero periodista tiene un nuevo reto que afrontar, no solo debe descubrir la verdad y hacerla pública, sino que además debe encender el interruptor de la conciencia social para que ésta conduzca a los hombres y mujeres a elegir libremente entre el bien y el mal, sin zonas grises, sin verdades a medias, sin mentiras recreadas para simular una realidad ajustada a los intereses de un particular.

La sociedad actual está perdiendo su capacidad de análisis y de juicio propio, fácilmente se dejan llevar por la opinión disfrazada de noticia que la mayoría de medios publican a cada instante, donde la verdad se hace relativa.

El lector consume pasivamente esta información y luego la repite afirmando el hecho sin dudar, sin pensar, sin analizar su veracidad; si lo dicen en la televisión entonces es cierto, si lo afirman en la radio entonces así es, si lo escribe el columnista del diario serio entonces no me queda duda de que así fue.

Y el periodista –el de verdad- ¿dónde está? Dónde está aquel que debe tener la habilidad de narrar un hecho, despertar el interés de la sociedad, mantener su objetividad, y sobre todo, hacer que su público comprenda lo sucedido, que diferencie la noticia de una opinión, que piense y razone por sus propios medios y, finalmente, se forme su propio juicio.

En estos tiempos de gran flujo de la información destacan los que desarrollan la capacidad de selección, comprensión y análisis de los hechos, los demás sólo son bustos parlantes de a pie que fingen saber de todo y opinan, y señalan, y juzgan, y a veces condenan, sin siquiera tener un argumento válido para lo que afirman.

Parece ser que la sociedad peruana está involucionando en sus procesos de comunicación, está perdiendo la capacidad de entender su realidad, en consecuencia, se está condenando nuevamente a sufrir la dictadura de la ignorancia; una dictadura que permanecerá vigente coactando la libertad de pensamiento, de conciencia y de opinión; una dictadura que quiere volver a gobernar fácilmente la manera de pensar de su pueblo sin conciencia, sin capacidad de análisis, sin discernimiento propio; una sociedad integrada por seres como los descritos por José Ingenieros en su libro el hombre mediocre; una sociedad que terminará creyendo todo lo que ve en la televisión, en la prensa y en la Internet; una dictadura que poco a poco se está haciendo de estos medios que a diario bombardean titulares, fotos e imágenes de un mundo peor, y de peores hombres y mujeres; una dictadura que no permite que una voz distinta a sus propósitos se deje escuchar, que no permite que algún rostro rebelde a su causa tenga un espacio en “la televisión comercial”; una dictadura voraz que arremete contra los pocos diarios independientes para intentar cargar su tinta con el color del dinero y el poder.

¡Cuidado! Wawqipaniykuna,  hermanos y hermanas, porque la realidad peruana es distinta a la narrada por la mayoría de medios de hoy, la realidad peruana que se vive en cada hogar, en cada escuela, en cada barrio, en cada iglesia, es distinta a la que grafican los quioscos de periódicos cada mañana, es distinta a la que narran con exagerada entonación y poca profundidad los noticieros de la mañana y de la noche, la realidad peruana no es lo que dicen los “expertos” que cada mañana hablan por la radio más popular.

Nuestra realidad es otra, y estoy seguro que es una realidad mejor a la que nuestra mente consume a diario, por eso, necesitamos de más filósofos que nos ayuden a comprender la verdad, necesitamos de más historiadores que nos ayuden a entender con sencillez la realidad, y necesitamos de más literatos para que nos ayuden a distinguir entre el arte de hacer sentir y la mentira que nos trata de asustar; y por supuesto, necesitamos de verdaderos periodistas que digan la verdad con objetividad y humildad, y menos miserables que se disfrazan de políticos, de analistas, de periodistas, o personajes de la televisión que se empeñan en vendernos su verdad interesada a cambio de nuestra libertad.

Esto es tiempos de cambio, compártelo.


La presente es una columna de opinión

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Por Redacción CB

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